Bueno esto es relato que me encanto espero que os guste a vosotros también.
Me moriría de vergüenza si mi marido o alguno de nuestros vecinos se enterara, pero cada vez que me acuerdo de lo que pasó, se me empapa el chocho y me tengo que pajear. Para explicarlo de forma sencilla: fue como aquello que contaban del buTanero, pero con un polaco que la tenía como una viga y que me folló hasta decir basta.
Y nada de requiebros o de hacer el amor. El tipo, porque había venido a casa a revisar la caldera de la calefacción, pensando en el invierno, me montó en la cocina, sin piedad y tratándome como si fuera una de esas putillas que trabajan al punto en los bares de carretera.
En una urbanización como la nuestra, donde todos son muy estirados y presumen de pasta, hay líos, pero nada como lo que me ocurrió a mí. No me he atrevido ni a contárselo a mis amigas, porque se escandalizarían y eso que alguna de ellas acostumbra a ponerle cuernos a su marido con bastante frecuencia.
La diferencia es que se lo montan con el esposo de alguna conocida o con un compañero de oficina, pero nada tan guarro y tan tirado como lo mío.
Para hacerlo breve, sólo diré que fue por la mañana y que el tipo llevaba ya un buen rato en el cuarto donde está el aparato climatizador, apretando tuercas y midiendo volúmenes.
La chacha había salido a hacer unos recados. Mi marido estaba en la empresa desde muy temprano y yo ni presté atención al paisano, hasta que salió todo sudoroso y me dijo le podía dar un vaso de agua.
Para no resultar muy estirada, le pregunté de dónde era y cuánto me soltó que era polaco, me entró un cosquilleo en el coñito.
Fue automático. Anita Obregón no vive lejos de nuestra casa y me acordé de Derek, el novio que se echó hace unos meses.
Al chico lo veo pasar a veces y se cuentan de él cosas prodigiosas. Dicen que es un amante de primera, que trabajaba de stripper y que gasta un “viaje” de cuidado.
No creo que todos los polacos sean así. El que me tronó a mi era mucho menos que el de Anita, pero en su honor debo reseñar que tenía una verga de tamaño más que respetable. Y la sabía usar.
Ni me acuerdo bien de cómo comenzó el asunto. Siempre he sido muy remilgada y tendría que haberme echado para tras que un obrerote bañado en sudor y en traje de faena me pusiera la mano encima, pero me gustó.
Fue todo muy casual. Me acerqué a darle el vaso, noté que me clavaba los ojos en el escote, vi que se le hinchaba un bulto en la bragueta, puse cara de tonta y cuando quise darme cuenta, el polaco me había puesto una mano en las tetas.
Hay que ser osado para hacer una cosa así, pero estos que llegan nuevos, procedentes de la Europa del Este, no se paran en nada. Se señaló la entrepierna. Aquello se estaba poniendo color de hormiga.
Me propuse no mirar y seguir pensando en alguna solución, pero la curiosidad me pudo y al final baje mi vista hacia sus partes. Uso gafas para leer y no las llevaba, por lo que pensé, por un instante, que veía las cosas con aumento.
El tipo se había desabrochado varios botones del mono de trabajo y me mostraba el nabo. Con total desvergüenza, porque iba sin calzoncillos ¡Y menudo cipote! Pese a que lo tenía todavía constreñido por la tela, lo que deja al aire era espectacular, tanto en longitud como en grosor.
¡Será posible! –pensé- Es un obrerete del tres al cuarto, que seguro no se ha visto en otra parecida.
Y yo era una señora casada, a la que se le complicaría de verdad la existencia si su marido se enteraba de que le había puesto los cuernos. Y más con un tipo así.
Pero me había levantado cachonda y empezaba a desear aquel rabo con autentica lujuria.
Entonces mi libido me jugó una mala pasada. En lugar de echarme para atrás, hacer que no había pasado nada y dejarlo con dos palmos de narices, le sonreí.
Fue como si me hubiera subido las faldas, bajado las bragas y abierto de par en par las piernas.
El tipo era fuerte y con los músculos marcados, propio del oficio que desempeñaban. Tenía algún tatuaje, probablemente recuerdo de la época en que debió hacer el servicio militar.
Me agarró con fuerza y me beso con lascivia, metiéndome bien la lengua y apretándome contra él, con las manos en mis nalgas. Y enseguida, sin decir ni pío, me empujó al suelo, me hizo arrodillarme frente a él, se bajó el mono quitándose los tirantes y me puso la polla entre las tetas.
Se frotaba en plan guarro y cuando la tuvo bien gorda y bien dura, se separó un poco.
--Ahora vas a mamar un rato. ¿Eh?
No preguntaba. Daba órdenes y yo me sometía.
Primero comencé a lamerle los huevos mientras le sujetaba aquel mango con ambas manos.
Luego fui lamiendo cada centímetro de su cilindro hasta llegar al capullo.
Puse dura la puntita de mi lengua y le recorrí el capullo en círculos, deteniéndome de vez en cuando en su frenillo, comprobando que le gustaba bastante a juzgar por sus gestos de placer.
Cuando aquella polla ya no tenía ni un milímetro de superficie libre de mi saliva, abrí la boca todo lo que pude y su poderoso cipote entró en ella.
Estaba tan cachonda que intenté metérmela entera en la boca, pero fue imposible. Era tan gorda que me llenaba la boca.
Si de mi hubiera dependido, hubiera seguido hasta sacarle toda la leche. Me sentí una verdadera puta al desear tanto aquella tranca.
Sin dejar de masajearme las tetas y de pellizcar mis pezones, se las arregló para despojarse el mono y quedarse en pelotas.
Estaba entregada a un macarra desconocido, pero lo peor no era eso, sino que me estaba gustando. Y mucho.
Y para mi felicidad, el tipo decidió darme un poco de gustó en el chocho. Se puso en cuclillas y empezó.
Nunca nadie me había comido el coño de pie, en medio de una cocina y cuando el tipo empezó a hacerlo, no pude evitar que me comenzaran a temblar las piernas.
Me tumbó después en la encimera, me abrió de patas y siguió con sus lametones.
Un cosquilleo muy rico me subía desde los dedos de los pies hasta el chocho.
También empecé a notar las punzadas en los pezones, porque me los retorcía sin miramientos. Y yo seguía vestida, pero al tipo no le importaba.
Se limitaba a apartar a un lado el tanga y a darme gusto. Un fenómeno. Si seguía así un rato, el orgasmo era inminente. Tanto, que no pude reprimir una exclamación, bastante grosera por cierto:
--¡Oh, que gusto! ¡Cabrón que bien me comes!
A lo que, tipo respondió: "¿Acaso lo dudabas zorra?
Aprovechó el momento para dejar de comerme el coño y levantarse levantó. Estaba totalmente empalmado, con el capullo hinchado apuntando al techo.
Allí permanecí de pie, a mi lado, con la polla totalmente tiesa. Era verdaderamente grande. Superaba con creces los 20 cm. de longitud y su grosor me hizo temblar al imaginármela dentro de mi coño.
El tipo, percatándose de que mis ojos no se podían apartar de su impresionante verga, dijo:
"Parece que te gusta zorra. Ahora ponte ahí, que la vas a sentir entera”.
Me daban ganas de mandar a la mierda a aquel macarra. ¡Qué se había creído! Pero el muy cabrón sabía que estaba deseando que me la clavara. Era como si aquel péndulo me tuviera hipnotizada, así que obedecí sin rechistar.
Me apoyé en la encimera, levanté la grupa para que me la colara bien y esperé.
Mi coño estaba chorreando y deseaba ser penetrado ya mismo.Estaba tan excitada que me daba igual todo, incluso tragarme su corrida, cosa que no soportaba que hiciera mi marido. Jamás le dejé correrse en mi boca, quizás porque jamás él había conseguido ponerme tan caliente como lo habían logrado aquel jodido polaco.
Me la fue metiendo y me decía cosas, a menudo ininteligibles. Lo único que entendí fue que me llamaba “guarra” y que repetía “rico, rico, rico…”.
-"¿Te han dado alguna vez por el culo zorra?" –dijo de pronto.
Moví desesperada la cabeza, porque no quería arriesgarme. Claro que había follado por detrás y muchas veces, pero nunca con un macho con una tranca de ese tamaño. Había que follar a fondo, hacerle correrse y ahuyentar el peligro, porque el polaco era capaz de mandarme al hospital, con el culito hecho pedazos.
Al confesarle que mi ano era virgen, todavía le apeteció más hacerlo.
Me colocó recostada sobre la encimera, de espaldas, con las piernas bien abiertas y me la coló otra vez.
Luego me dio la vuelta y me puso con el trasero en pompa. Mientras me metía la polla en el coño, introducía uno de sus dedazos en mi culito. Me debió ver demasiado sumisa, porque sin previo aviso apuntó hacia el ano con su enorme pollón y comenzó a empujar muy despacio.
Después de unos segundos de forcejeo su capullo se coló en mi culito provocándome un grito de dolor. Pegué un respingó y logré que se saliera.
--¡Oye cerdo! –le grité rabiosa-. Si quieres seguir, confórmate con el coño y ya tienes bastante.
Me debió ver cara de fiera, porque pareció asustarse y pareció renunciar a sodomizarme.
Esperó unos segundos y volvió a encalomármela, pero por el conejo y levantándome en vilo, con una pierna en el suelo y otra en el aire.
Cuando miraba hacia abajo no podía creer que todo aquel cilindro de carne estuviera dentro de mi. Entonces comenzó a sacarla y meterla despacio.
Cuando aumento su velocidad, pensé que me iba a reventar, pero a la cuarta o quinta embestida el placer era indescriptible.
Aquello me empezó a gustar. Era un placer distinto a cuando te follan el coño, pero no por ello menos delicioso. En uno de los bombeos hacia fuera me la sacó del todo. Y el muy guarro, empezó a darme en el coño.
Me giré hacia el refrigerador, y en la chapa metálica vi nuestras figuras reflejadas. Tenía el coño completamente abierto, como si lo ofreciera. Totalmente enrojecido por el roce.
El tipo permanecía quieto, con su estaca ensartada hasta el fondo de mi chochito y de repente, bombeaba.
Fue acelerando sus caderas hasta conseguir un ritmo intermedio. Entonces, por propia iniciativa mía, comencé a morrear al colega, metiéndole la lengua en la boca e intercambiando abundante saliva con él.
Poco a poco, el jadeo del obrero fue aumentando hasta alcanzar un ritmo frenético. Os aseguro que no puedo describir el placer que me estaba proporcionando aquella polla.
Mi cuerpo brutalmente ensartado se retorcía de placer y mis gemidos aumentaban en intensidad y persistencia. Primero notaba el cosquilleo típico del inicio del orgasmo. Luego la curva del clímax ascendía, pero sin llegar al máximo. Me enfriaba un poco y vuelta a empezar.
Mis gemidos se convirtieron en gritos de goce. Jamás había sentido tanto placer. Aquel macarra me estaba demostrando lo que era follar de verdad.
Aquello era un polvo. Y mejoró, cuando se tumbó en el suelo y me ensartó, colocándome boca arriba. Todo muy rico y muy bestia.
De pronto noté que el polaco tensaba todos sus músculos. Tras dos largos gemidos, expulsó todo el semen acumulado en sus huevos, eyaculando copiosamente en mi coño. La corrida fue tan abundante, que cuando desenchufó su rabo, noté que me caían dos regueritos de lefa por los muslos.
El tipo se dejó caer en una silla, se señaló la polla, me hizo postrarme de hinojos y chupar. Yo estaba todavía muy caliente y mientras la mamaba, intentando sacarle más leche, me toque el coño hasta que me corrí.
El tipo quedó derrengado. Seguía sentado con las piernas abiertas y su fenomenal aparto le colgaba ya flácido.
Yo no podía apartar la vista de aquel cipote de lujo. Incluso en estado calmo se veía apetitoso y sugerente, pero ya no me apetecía nada.
Mi marido no había conseguido nunca dejarme satisfecha con aquella contundencia.
De lo que se trataba ya era de evitar desastres, así que le señalé la puerta del cuarto de calderas y sin molestarme en subirme las bragas, inicié el camino de mi dormitorio, en la parte de arriba, al grito de:
--Se acabó la fiesta. Ahora repara a toda leche lo que haya que reparar y piérdete de vista. Que manden la factura por correo.
El tío me miró, con cara de carnero y asintió.
En su honor debo decir que la calefacción funciona estupendamente. Y que yo todavía me caliento recordando como se lo hacía y el pedazo de verga que gastaba el muy guarro.







=)
Haga lo que haga. siempre acabo llegando a sexo, relatos de sexo, fotos de sexo, video, paginas de sexo, es ineludible
Me ha gustado aunque el vocabulario no estoy acostumbrado a sea tan brusco
YO TAMBIEN NOTE LA BRUSQUEDA PERO EN FIN.